3. El rescate (1/2)

   Días antes del espeluznante acontecimiento recientemente narrado, la quietud del campo era quebrada por los repentinos y apresurados pasos de un chiquillo, de apenas diez años y de gruesa figura, que se entregaba al juego bajo el sol de la mañana. Esgrimía en la diestra una espada de madera de punta roma con la que, incansable, lanzaba numerosas estocadas al aire. Su rostro, sudoroso, se ocultaba casi en su totalidad tras un viejo cubo, también de madera, en el que habían sido practicados varios orificios y que hacía las veces de peculiar yelmo.

   Al llegar junto a un olivo, que crecía torcido al pie de la sinuosa vereda que seguía, detuvo su carrera y descargó sobre el tronco un fuerte golpe, provocando tal estruendo que le hizo estremecer. Los pocos pájaros de las proximidades que aún no habían emprendido el vuelo perturbados por su presencia lo hicieron entonces, llevando al chiquillo a seguirlos con la mirada, maravillado por la facultad de éstos de surcar los aires.

   Apenas un instante más tarde volvió a sumergirse en su papel de caballero, y no dudó en cargar contra un arbusto que, a su juicio, el de la indiscutible ley si se atiende a su inconmensurable imaginación, merecía todas sus sospechas. Cuando se disponía a rematar a su peculiar enemigo, al que ya había dado leña, nunca mejor dicho, un par de veces, una voz grave, que debía ser la de un hombre que parecía estar en apuros, se dejó sentir desde una densa arboleda que se alzaba a pocos pasos de él, a un lado del camino.

   El niño contempló indeciso el grupo de árboles. Finalmente, resolvió responder a aquella llamada de auxilio.

   —¡Ya voy, señor! ¡Ya voy! —gritó apresuradamente.

   —¡Aquí! —advirtió la voz, con ánimos renovados—. ¡Aquí!

   El crío, desviándose de la senda junto a la que jugaba, buscó y rebuscó entre la vegetación sin encontrar a nadie. Frustrado, estuvo a punto de preguntar por el paradero aproximado de a quien pretendía brindar su ayuda, pero el dueño de aquella voz se le adelantó.

   —Aquí abajo, porque supongo que eres tú, mi salvador, quien está ahí arriba.

   El chiquillo miró en la dirección indicada. Justo a un par de pasos, semi oculto por la maleza, descubrió, para su sorpresa, un agujero practicado en la tierra, de gran anchura y cierta profundidad, en cuyo fondo había un anciano delgado y barbudo ataviado con una larga y sucia toga provista de una capucha —en ese momento echada hacia atrás—, que no se preocupó en disimular la gran alegría que le causó el verle, por más que le extrañase contemplar a alguien con un cubo agujereado en la cabeza.

   —Supongo que ahora te estarás preguntando qué hace un viejo decrépito como yo en una trampa para —el hombre miró a su alrededor con cara de circunstancias antes de seguir—… supongo que osos. La respuesta es bien sencilla; no miré donde pisaba. ¿Me ayudarías a salir de aquí, muchacho?

   Segismundo, que así se llamaba el cío, asintió en silencio. Luego, tras dudar un momento, soltó la espada y se echó al suelo, estirando el brazo cuanto podía hacia el hombre.

   —Así como propones acabaremos ambos aquí abajo, amigo, pues mi peso te arrastraría. ¿Podrías mirar si hay algo por ahí que puedas acercarme?

   El niño se incorporó de un salto y miró en derredor, dando pronto con una rama caída que, a su entender, era lo suficientemente alargada y robusta.

   —Necesitaría varias como ésa para, tras apoyarlas debidamente, poder trepar. ¿Hay más?

   Segismundo ladeó la cabeza, dubitativo.

   —También podría ir en busca de alguien mayor que yo —dijo.

   —Preferiría que no lo hicieses —pidió el hombre—. No sería de mi agrado ser visto por muchos ojos de esta guisa. ¿Imaginas la cantidad de bromas de mal gusto que habría de soportar? No, en absoluto quisiera pasar por algo así. Acabaría enfadándome, no me cabe duda, y eso no sería nada bueno, al menos en días pasados, en que mi mal genio salía a relucir con cierta facilidad.

   —De acuerdo. Lo comprendo —dijo el chiquillo, que se puso a escudriñar los alrededores en busca de más ramas como aquella que llevaba entre las manos.

   —Ésa podrías dejarla aquí —propuso el hombre antes de perderle de vista.

Segismundo se sonrojó al ver que había olvidado dar el leño al anciano.

   —Gracias —dijo éste al recibirlo.

   Aunque le llevó algo de tiempo, el chiquillo fue encontrando y llevando al agujero varias maderas, sirviendo unas, no así otras. Finalmente, con mucho esfuerzo y cierto ingenio, no demasiado, el viejo logró salir de la trampa en la que había caído.

   —No creo que a los tramperos les haga gracia ver su agujero destapado y sin nada en su interior a lo que echarle el guante, pero no merecen menos; esta forma de cazar siempre me ha parecido vil —opinó el viejo, al que le seguía faltando el aire.

   El crío, no sabiendo qué decir, se encogió de hombros.

—Te estoy muy agradecido, chico —el hombre se incorporó y comenzó a ojear el suelo con sumo interés—. De no ser por ti aún seguiría ahí abajo.

   Segismundo tomó su espada del suelo.

   —Todo buen caballero debe ofrecerse a los necesitados —aclaró.

   El viejo se inclinó y agarró una vara seca, tras observarla y quitarle todo lo que consideró que sobraba, la empleó como bastón, midiendo su resistencia.

   —¡Así que un caballero! —exclamó, poniendo más interés en su nueva adquisición que en aquél con quien hablaba—. Eso explica los agujeros de ese cubo que llevas en la cabeza; es un yelmo.

   El chiquillo asintió mientras sonreía.

   —Pues este anciano despistado te agradece, joven caballero, los servicios prestados. Que los dioses guíen tu camino —volvió a decir el hombre, que dedicó a Segismundo una graciosa reverencia.

   —También el suyo, señor —respondió el crío educadamente, sintiéndose muy satisfecho consigo mismo.

   El anciano comenzó a alejarse con paso lento.

   Segismundo, curioso, lo acompañó con la mirada.

   De súbito, el hombre se detuvo y se volvió hacia el niño con gesto inquietante, haciendo que éste, abrumado, diese un paso atrás.

Imagen extraída de https://bibliotecavilareal.wordpress.com/tesoros-digitales/bosque/ Desconozco al autor.

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