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Acerca de Miguel Ángel

Soy una criatura de mente inquieta y soñadora, siempre viajando hacia lo irreal. Pseudo aficionado a escribir, arte que estoy lejos de dominar, pero que me divierte como ninguna otra cosa mientras juego a crear aburridas y soporíferas historias.

4. El Rescate (2/2).

—¡Detente, insensato! ¡No des un solo paso! No si es hacia atrás —gritó el viejo, aunando autoridad y advertencia en la misma voz.Segismundo, aunque había resuelto huir debido al repentino cambio de aptitud del desconocido, quedó paralizado.

—Entiendo que desconfíes de mí. Después de todo no sabes quién soy ni qué he venido ha hacer aquí. Pero te pediría que mirases a tu espalda. No te llevará mucho, y a mí no me dará tiempo de dar más de tres pasos antes de que te vuelvas a mirarme. Seguirías fuera del alcance de mis garras, si es eso lo que temes. Vamos, vuélvete y mira qué hay detrás tuya.

El chiquillo, confuso, optó por llevar a cabo la singular propuesta que le hacía el hombre, descubriendo con horror que, de haber retrocedido un centímetro más, se habría precipitado al interior del agujero del que había rescatado al anciano.

—Habría sido un buen golpe, y es probable que hubieses acabado con algún hueso roto, incluso la crisma en el peor de los casos.

Segismundo se imaginó a sí mismo cayendo al vacío y chocando estrepitosamente contra el suelo, donde, en su imaginación, permanecía dolorido, incapaz de levantarse.

—Por suerte estás de una pieza —dijo la voz del anciano, que, aprovechando la sorpresa del niño, había logrado acercarse hasta situarse a la vera de éste, con la vista fija en la zanja.

Segismundo, siguiendo un impulso natural, se apartó del filo de la trampa y también del viejo, que no pudo evitar reír al ver el sincero gesto del niño.

—No he vuelto sobre mis pasos con intención de dañarte, pequeño caballero, sino para hacerte alguna pregunta.

El chiquillo, sin apartar los ojos del hombre, se acercó al lugar donde yacía su espada de madera y la tomó del suelo. Poco podría hacer con ella en caso de enfrentamiento, pero empuñarla le hacía sentirse relativamente seguro.

—¿Qué preguntas son esas, señor? —preguntó desafiante.

El hombre volvió a reír, maravillado por las formas del crío.

—La primera cuestión, ya que podrían ser varias, es saber si me encuentro en las inmediaciones de un pueblo llamado Montesolo. Según he oído fue edificado a los pies de una montaña del mismo nombre. Mis estimaciones me hacen pensar que no ando lejos, pero no las tengo todas conmigo. Hace tiempo que no soy quien era y ya no me manejo igual.

—De ahí soy. Y le advierto a usted que estamos muy cerca. Si intenta algo gritaré tan fuerte que me oirán en toda la comarca. Los guardas no se muestran muy amables con quienes tratan de dañar a los niños.

El hombre torció el gesto.

—Se habla también de una vieja fortaleza en ruinas que se yergue en medio de la montaña, no en la cima, sino en un extraño saliente que la hizo casi inexpugnable en el pasado. ¿Sabes si sigue en pie?

—¡Por supuesto! Y no se le ocurra a usted adentrarse en su interior en busca de tesoros, o se las tendrá que ver con ellas.

—¿Ellas? ¿Quienes son ellas?

—Las hermanas de la orden que guardan la fortaleza de la que habla. No son muchas, pero nadie las iguala en destreza con la espada ni en valor.

El anciano pareció extrañamente aliviado.

—Así que hay vigilancia, después de todo —murmuró.

—La hay. Así que ándese con ojo con lo que hace.

—¿Y guardan tesoros, dices?

—Reliquias las llaman, o algo parecido, aunque nadie las ha visto nunca, que yo sepa. Pero no pienso decirle nada más sobre eso —sentenció Segismundo, que se sentía obligado a defender, a su modo, un patrimonio que, si bien no era suyo, sí que sentía lo suficientemente cercano como para tratar de evitar que nadie pudiera ponerle las manos encima.

—Nada debes temer de mí a ese respecto, chico. De hecho, me satisface saber que las reliquias o lo que sea que en las ruinas se guarden no fuesen dejadas a su suerte. Dices que nada más hablarás sobre ellas, pero te aseguro que lo poco que has contado me da alguna esperanza. Sin embargo soy yo quien nada debiera decir sobre su verdadera naturaleza, no de todas, sino de una en concreto, no al menos a cualquiera, sin que por ello debas sentirte ofendido, mi joven amigo.

Segismundo no supo qué decir ante tales palabras.

El anciano meció su barba mientras parecía perderse en pensamientos propios. Pronto comenzó a describir círculos sobre el mismo palmo de terreno.

—Pero incluso las buenas noticias no deberían hacerme perder la poca sensatez que me queda. Pues aquello que alberga malas intenciones suele ser hábil ocultándose entre lo que no despierta sospecha, y aguarda paciente el momento adecuado para oscurecer aun lo que más brilla.

De súbito, contempló al niño con mirada torva.

—¿Como te llamas, muchacho?

—Segismundo, señor —respondió el crío, con voz apagada.

—Dime, Segismundo, ¿sabes de alguien, extranjero o no, que haya llegado a los alrededores en los últimos días, incluso semanas?

El crío pensó por un instante.

—No, que yo sepa.

—Y si te pregunto acerca de algún siniestro acontecimiento que sea relativamente reciente, ¿qué me dirías?

—¿Cómo de siniestro?

El hombre abrió los ojos desmesuradamente.

—Tanto como pueda serlo.

—Sí. Sucedió algo desagradable la semana pasada.

—¿Cómo de desagradable? ¿Y dónde, exactamente? Habrás de indicarme para que pueda orientarme y visite el lugar de los hechos y pueda investigarlo. Pero, vamos, responde de una vez a mis preguntas.

—Fue en la granja de Fermín Brazoslargos.

—¿Qué sucedió en esa granja? —preguntó el hombre con verdadero interés.

—Sus gallinas. No todas amanecieron donde debieran, o como debieran, mejor dicho —respondió Segismundo, que empleó un tono lo más acorde posible al misterioso asunto.

—¡Deja de andarte por las ramas y ve al grano, niño!

Segismundo dio un respingo.

—Faltaban algunos pollos. Otros no estaban del todo; es decir, les faltaban algunas partes. Y los que sí estaban enteros, fuesen gallinas o gallos, se encontraban aterrorizados. Se cree que pudo haber sido obra de un par de zorros extrañamente violentos. Quizás estuviesen locos, como sostienen los más entendidos.

—¿Y eso es todo? —inquirió el viejo, un tanto turbado.

—Eso es todo. Todavía hoy se habla de ello, aunque no con la sorpresa del primer día. Es lo que dicen los mayores.

Hubo un desconcertante momento de silencio.

—No es el tipo de oscuro acontecimiento que esperaba oír, y aunque no deja de ser desagradable por la suerte que corrieron esas pobres aves de corral, sigue siendo una buena noticia si me ciño al asunto que hasta aquí me trae. Creo que no iré a ver a ese tal Fermín ni a ninguna de sus gallinas, a no ser que ocurra algo en su casa que merezca mi atención. ¿Podrías decirme cómo llegar hasta Montesolo?

—Eso es pan comido. Sígame —pese al entusiasmo inicial, Segismundo se detuvo en seco—. Pero antes debe darme su palabra de que no obrará ningún mal.

El viejo suspiró diríase que resignado.

—Tienes mi palabra.

El chiquillo, una vez escuchó aquellas palabras, convencido erróneamente de que nadie podía romper una promesa cuando esta era hecha, guió al hombre entre la vegetación hasta conducirlo junto al olivo que golpeara con su espada antes de oír su llamada de auxilio. Allí le señaló el sinuoso sendero que pasaba a los pies del árbol y le indicó la dirección en que debía seguirlo.

—En cuanto pase aquella loma de allí verá usted el pueblo, y sobre él, en mitad de la montaña cuya cima se ve desde aquí, la fortaleza en ruinas que tanto le ha llamado la atención.

El anciano observó pensativo el pico del Montesolo.

—¿Quién es usted? ¿Cómo se llama? Yo le di mi nombre, pero usted no me dio el suyo —la voz del niño había interrumpido al viejo en una infructuosa búsqueda de lejanos recuerdos.

—Llevas razón, no te di mi nombre. Pero no creas que voy a revelarlo por las buenas. Te bastará con saber que soy quien soy —respondió el desconocido, dejando al crío de un palmo de narices—. Y ahora escúchame, joven caballero. Puede que en adelante ocurran cosas más desagradables y tenebrosas que la muerte de un puñado de gallinas a causa del salvaje ataque de dos zorros extrañamente enloquecidos. Mi recomendación es que no andes solo por ahí ni que te fíes de nadie. Yo mismo podría haberte desmenuzado con mis propias manos de haberlo querido. Aunque luzca el sol, hay multitud de oscuridades recorriendo el mundo. Y reza cuanto sepas a los dioses para que esas oscuridades no sean superadas por una oscuridad aún mayor, pues las cosas se pondrían realmente feas, mucho más feas que ese asunto de las gallinas que tanto alteró a los habitantes de tu pueblo. Y ahora, con tu permiso, pequeño paladín, te dejaré seguir con tu juego, a no ser que prefieras acompañarme y no quedarte completamente solo.

En ese momento, algo, puede que un animal, hizo agitarse los frondosos matorrales que había frente a ellos.

—Iré con usted —se apresuró a decir Segismundo.

—Eso mismo es lo que habría dicho yo en tu lugar —aplaudió el anciano.

Ambos iniciaron el camino hacia el pueblo con paso tranquilo, el viejo apoyándose en su cayado, ignorando que eran fugazmente observados por un halcón que, desde lo alto, escudriñaba el suelo en busca de presas que abatir.

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3. El rescate (1/2)

   Días antes del espeluznante acontecimiento recientemente narrado, la quietud del campo era quebrada por los repentinos y apresurados pasos de un chiquillo, de apenas diez años y de gruesa figura, que se entregaba al juego bajo el sol de la mañana. Esgrimía en la diestra una espada de madera de punta roma con la que, incansable, lanzaba numerosas estocadas al aire. Su rostro, sudoroso, se ocultaba casi en su totalidad tras un viejo cubo, también de madera, en el que habían sido practicados varios orificios y que hacía las veces de peculiar yelmo.

   Al llegar junto a un olivo, que crecía torcido al pie de la sinuosa vereda que seguía, detuvo su carrera y descargó sobre el tronco un fuerte golpe, provocando tal estruendo que le hizo estremecer. Los pocos pájaros de las proximidades que aún no habían emprendido el vuelo perturbados por su presencia lo hicieron entonces, llevando al chiquillo a seguirlos con la mirada, maravillado por la facultad de éstos de surcar los aires.

   Apenas un instante más tarde volvió a sumergirse en su papel de caballero, y no dudó en cargar contra un arbusto que, a su juicio, el de la indiscutible ley si se atiende a su inconmensurable imaginación, merecía todas sus sospechas. Cuando se disponía a rematar a su peculiar enemigo, al que ya había dado leña, nunca mejor dicho, un par de veces, una voz grave, que debía ser la de un hombre que parecía estar en apuros, se dejó sentir desde una densa arboleda que se alzaba a pocos pasos de él, a un lado del camino.

   El niño contempló indeciso el grupo de árboles. Finalmente, resolvió responder a aquella llamada de auxilio.

   —¡Ya voy, señor! ¡Ya voy! —gritó apresuradamente.

   —¡Aquí! —advirtió la voz, con ánimos renovados—. ¡Aquí!

   El crío, desviándose de la senda junto a la que jugaba, buscó y rebuscó entre la vegetación sin encontrar a nadie. Frustrado, estuvo a punto de preguntar por el paradero aproximado de a quien pretendía brindar su ayuda, pero el dueño de aquella voz se le adelantó.

   —Aquí abajo, porque supongo que eres tú, mi salvador, quien está ahí arriba.

   El chiquillo miró en la dirección indicada. Justo a un par de pasos, semi oculto por la maleza, descubrió, para su sorpresa, un agujero practicado en la tierra, de gran anchura y cierta profundidad, en cuyo fondo había un anciano delgado y barbudo ataviado con una larga y sucia toga provista de una capucha —en ese momento echada hacia atrás—, que no se preocupó en disimular la gran alegría que le causó el verle, por más que le extrañase contemplar a alguien con un cubo agujereado en la cabeza.

   —Supongo que ahora te estarás preguntando qué hace un viejo decrépito como yo en una trampa para —el hombre miró a su alrededor con cara de circunstancias antes de seguir—… supongo que osos. La respuesta es bien sencilla; no miré donde pisaba. ¿Me ayudarías a salir de aquí, muchacho?

   Segismundo, que así se llamaba el cío, asintió en silencio. Luego, tras dudar un momento, soltó la espada y se echó al suelo, estirando el brazo cuanto podía hacia el hombre.

   —Así como propones acabaremos ambos aquí abajo, amigo, pues mi peso te arrastraría. ¿Podrías mirar si hay algo por ahí que puedas acercarme?

   El niño se incorporó de un salto y miró en derredor, dando pronto con una rama caída que, a su entender, era lo suficientemente alargada y robusta.

   —Necesitaría varias como ésa para, tras apoyarlas debidamente, poder trepar. ¿Hay más?

   Segismundo ladeó la cabeza, dubitativo.

   —También podría ir en busca de alguien mayor que yo —dijo.

   —Preferiría que no lo hicieses —pidió el hombre—. No sería de mi agrado ser visto por muchos ojos de esta guisa. ¿Imaginas la cantidad de bromas de mal gusto que habría de soportar? No, en absoluto quisiera pasar por algo así. Acabaría enfadándome, no me cabe duda, y eso no sería nada bueno, al menos en días pasados, en que mi mal genio salía a relucir con cierta facilidad.

   —De acuerdo. Lo comprendo —dijo el chiquillo, que se puso a escudriñar los alrededores en busca de más ramas como aquella que llevaba entre las manos.

   —Ésa podrías dejarla aquí —propuso el hombre antes de perderle de vista.

Segismundo se sonrojó al ver que había olvidado dar el leño al anciano.

   —Gracias —dijo éste al recibirlo.

   Aunque le llevó algo de tiempo, el chiquillo fue encontrando y llevando al agujero varias maderas, sirviendo unas, no así otras. Finalmente, con mucho esfuerzo y cierto ingenio, no demasiado, el viejo logró salir de la trampa en la que había caído.

   —No creo que a los tramperos les haga gracia ver su agujero destapado y sin nada en su interior a lo que echarle el guante, pero no merecen menos; esta forma de cazar siempre me ha parecido vil —opinó el viejo, al que le seguía faltando el aire.

   El crío, no sabiendo qué decir, se encogió de hombros.

—Te estoy muy agradecido, chico —el hombre se incorporó y comenzó a ojear el suelo con sumo interés—. De no ser por ti aún seguiría ahí abajo.

   Segismundo tomó su espada del suelo.

   —Todo buen caballero debe ofrecerse a los necesitados —aclaró.

   El viejo se inclinó y agarró una vara seca, tras observarla y quitarle todo lo que consideró que sobraba, la empleó como bastón, midiendo su resistencia.

   —¡Así que un caballero! —exclamó, poniendo más interés en su nueva adquisición que en aquél con quien hablaba—. Eso explica los agujeros de ese cubo que llevas en la cabeza; es un yelmo.

   El chiquillo asintió mientras sonreía.

   —Pues este anciano despistado te agradece, joven caballero, los servicios prestados. Que los dioses guíen tu camino —volvió a decir el hombre, que dedicó a Segismundo una graciosa reverencia.

   —También el suyo, señor —respondió el crío educadamente, sintiéndose muy satisfecho consigo mismo.

   El anciano comenzó a alejarse con paso lento.

   Segismundo, curioso, lo acompañó con la mirada.

   De súbito, el hombre se detuvo y se volvió hacia el niño con gesto inquietante, haciendo que éste, abrumado, diese un paso atrás.

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2. La cacería (2/2).

   Las llamas que prendían las teas se agitaron inquietas al son de una repentina brisa, haciendo que las alargadas sombras de los presentes adoptasen formas lúgubres que llamaban al espanto. En ocasiones, alguien hacia un gesto, y la espectral figura que brotaba de sus pies se deformaba de tal modo que no eran pocos quienes, de soslayo, miraban para comprobar que no se trataba de nada fuera de lo común.

   Los dos hombres que llegasen primero, más afectados que el resto por ser quienes adiestrasen a los cánidos, estaban más que dispuestos a dejarse ir sobre la mujer, a la que con gran placer harían pagar con creces su osadía de poner fin a una obra que les había llevado años. Ésta empezaba a sentir los devastadores efectos causados por las poderosas fauces del animal que le mordiera la pierna, habiéndole hecho jirones el pantalón; sus colmillos profundizaron en la carne, causándole un daño considerable. Por contra, el brazo izquierdo, que había gozado de la protección de la armadura, tan sólo estaba dolorido.

   Un grito de odio incontenible estalló en la noche. Los cuidadores, alzando las hachas y adoptando sus rostros un gesto abominable, se lanzaron atropelladamente contra la mujer. Los perros, excitados por la reacción de éstos, ladraron airados y acompañaron a sus amos a la carrera. No obstante, la distancia a recorrer era demasiado corta, por lo que siempre fueron a la saga.

   La joven vio acercarse a sus enemigos azuzados por una ira irracional. Sus bruscos movimientos le hicieron suponer que no eran experimentados luchadores, pero debía andarse con ojo.

   Detuvo sin dificultad un primer intento de golpearla, lleno de fuerza pero escaso de habilidad. Su espada segó a continuación el aire, encontrando a medio camino el cuello del individuo, del que brotó tal cantidad de sangre que acabó bañando el rostro de su asesina. El otro, no percatándose de lo que pasaba a su lado, descargó su hacha desde la derecha, logrando alcanzar a la guerrera en un costado. Ésta gritó de dolor, mas lejos de verse perdida, desplazó rápidamente su brazo izquierdo, sujetando la mano de su agresor antes que éste pudiese volver a atacarla. Sin perder un instante, con la diestra, que seguía empuñando la espada, atravesó la garganta del infeliz con tal fuerza que la hoja asomó por la nuca. El moribundo logró mantenerse en vilo un dramático momento, después, cayó hacia atrás con gran estrépito, desproveyendo a la mujer de su arma.

   Todos, alrededor de una veintena, quedaron absortos, a excepción de los perros, que seguían ladrando y gruñendo. Esta vez sí, parecía que acabarían arrojándose sobre la guerrera desarmada. Sin embargo, algo les debió llegar a través del aire que les hizo desviar su atención e inquietarse sobremanera, lo que la joven, pese a la sorpresa, aprovechó para recuperar la espada, no sin dificultades, y volver a ponerse en guardia. Perdía sangre, y sabía que era cuestión de tiempo que las fuerzas la abandonasen.

   —¿Qué le pasa a los perros? ¿Por qué no atacan de una vez? —preguntó alguien con voz insegura.

   —Parece que tienen miedo—respondió otro.

   —¡Al diablo con los malditos chuchos! Echémonos sobre ella y venguemos a nuestros caídos. Se me ocurren mil cosas que hacerle antes de descuartizarla; hay quien afirma que estas doncellas armadas son vírgenes —dijo un tercero, con siniestro entusiasmo.

   Fueron muchos los que recibieron de buen grado aquella propuesta, pues la mujer, aun herida y ataviada con ropajes de guerra, les resultaba sumamente bella.

   Los hombres avanzaron despacio, estrechando el cerco sobre su objetivo, hasta que llegó un momento en que no tendrían más remedio que atacar, lo que suponía exponerse a recibir una estocada que podría suponer la muerte.

   Nadie se atrevió, a pesar de que la joven ya empezaba a acusar el esfuerzo. Ésta no pasó por alto el extraño comportamiento de los perros, que correteaban nerviosamente en todas direcciones mientras ladraban angustiados. ¿A qué se debería tal cosa?

   En uno de esos vaivenes, uno de los animales embistió accidentalmente a uno de aquellos sombríos bárbaros, haciéndole caer bruscamente. Algunos, sintiéndose victoriosos, rieron despreocupados mientras que otros se limitaron a gruñir. Sólo uno, puede que el más reflexivo, fijó la vista en los canes, que ahora retrocedían gimiendo lastimosamente sin perder de vista lo que fuera que hubiese a espaldas de los hombres. El individuo se volvió instintivamente, no logrando ver nada en un principio, mas acabó reparando en que la noche era más oscura, si cabe, en aquella dirección que en el resto de los ángulos.

   La densa negrura parecía extenderse sobre las mismas sombras, asemejándolas a las tinieblas que habitan las insondables profundidades de abismos terribles. Los perros se volvieron de nuevo hacia uno y otro lado sin parar de ladrar angustiados, y, tanto el hombre como la mujer entendieron que lo que trataban de hacer los aterrados animales era escapar.

   El sujeto, ayudándose de una antorcha, examinó con cautela la creciente opacidad tratando de hallar una respuesta a tan siniestro suceso, para su asombro, sólo logró atisbar cómo la negrura seguía avanzando, tanto a los extremos como hacia él.

   —¡Muchachos! —gritó alarmado—. ¡Muchachos!

   Nadie hizo caso de su llamada, estando como estaban centrados en la muchacha acorralada. Entonces, la voz del hombre calló súbitamente. Y los perros, tan alterados hasta ese momento, dejaron de sentirse. La extrañeza se adueñó de algunos, mas a nadie escapó el horror que asomó a los ojos de la mujer, cuyo rostro adoptó un gesto de estupor. Nadie dudó de la veracidad del mismo, y todos, sin excepción, se volvieron a mirar, siendo incapaces de encontrar otra cosa que no fuese oscuridad.

   La joven no daba crédito a lo que viera; aquel desgraciado había sido tragado por la misma noche. Un manto de impenetrable negrura cubría el lugar que éste ocupase. Tampoco quedó ni rastro de la tea que portara, cuya llama murió ahogada por la inmensidad de lo oscuro. ¿Y los perros? ¿Qué había sido de ellos?

   De repente, unas voces sibilantes se alzaron desde el silencio. Provenían de todas partes, y susurraban palabras extrañas que nadie pudo comprender. Los hombres, aterrados, se apretaron en torno a la mujer, a la que daban la espalda, olvidándola, expectantes a lo que pudiera acontecerles desde las profundas sombras que los acechaban. En otras circunstancias, ésta bien podría haber matado a tantos como pudiera, pero aquello de lo que acababa de ser testigo superaba de largo cualquier cosa para la que fuese instruida, y no pudo más que observar impotente cuanto sucedía.

   Uno a uno, la oscuridad se los fue tragando a todos, apagando sus antorchas y ahogando sus gritos de pavor, no dejando nada a su paso. La mujer, tal como hiciera al oír los ladridos de los perros por primera vez, volvió a arrodillarse. Angustiada, apoyó la punta de su espada en el suelo y pegó la frente a la cruceta.

   Entonces empezó a orar.

   Junto a ella, entre los cadáveres yacentes a sus pies, pudo ver la antorcha que acarrease uno de los hombres a los que diera muerte. La mujer, aunque hubiese querido cerrar los ojos, no pudo evitar posarlos en el pequeño fuego que prendía en la madera. Suplicó a los dioses que éste no se apagase.

   La noche, aquella noche, inmisericorde, lo seguía devorando todo a su paso.

   —¡Reza por mi alma, muchacha! —le suplicó desolado el último de los hombres.

   Ellos habían devastado el bastión que era su hogar y el de sus hermanas de la orden, ¿por qué habría de hacerlo? Merecían ese destino.

   El individuo desapareció dando alaridos enloquecedores.

   Estaba sola.

   Los susurros parecieron acrecentarse a su alrededor, conspirando contra ella. Aterrada como nunca antes lo había estado, la joven rezó atropelladamente, repitiendo incesantemente la misma oración, con voz queda a la vez que agitada.

  La sensación de desamparo se volvió insoportable. Los temblores recorrían su cuerpo atenazado. Apenas sentía ya el dolor de sus heridas a causa del espanto.

   Los susurros callaron, y tuvo la horrible sensación de ser observada desde todas partes por ojos maliciosos.

   El filo de la espada resplandeció por efecto del fuego, contemplarla le hizo pensar que, quizás, los dioses le enviasen de ese modo su bendición.

   Fuese así o no, aferró la empuñadura con ambas manos y buscó en su interior las fuerzas necesarias para quebrar el miedo y ponerse en pie. Sin embargo, su voluntad se resistió a responderle, hasta que, movida por un brío nacido de la desesperación más absoluta, comenzó a proferir gritos de guerra, a cuál más contundente, lo que renovó su ánimo, a pesar del desasosiego.

   Sin dejar de dar alaridos, brotando lágrimas de sus ojos, la mujer guerrera logró ponerse en pie y lanzó estocadas a diestro y siniestro, no encontrando más que vacío y una terrible oscuridad que lo iba envolviendo todo inexorablemente.

   Súbitamente, la luz se extinguió.

   Se desconoce la autoría de la ilustración.

1. La cacería (1/2).

   Al abrigo de la noche, bajo un despejado cielo repleto de centelleantes estrellas, varadas para siempre en la inmensidad del firmamento, una silueta se deslizaba furtiva entre las sombras buscando pasar desapercibida. Si bien se valía del resplandor de los astros para desplazase con relativa seguridad entre la fronda, procuraba evitar las áreas donde el follaje gozaba de menos presencia, obstaculizando en la medida de lo posible que sus implacables perseguidores dieran con su paradero.Los estridentes ladridos de unos perros hicieron que se desvanecieran todas sus esperanzas de fuga, que venían siendo muy escasas desde un principio, bien lo sabía. La excitación de los animales le hizo entender de inmediato que habían hallado un rastro: el suyo.

   Disponía de poco tiempo para pensar qué hacer, no más de unos minutos. Su instinto le pidió que echase a correr atropelladamente o que probara suerte subiéndose a uno de los muchos árboles que se erguían a su alrededor, mas ambas opciones no le servirían más que para alargar un desolador desenlace que ya no podía eludir.

   A tientas, la mujer, una joven de extraordinaria belleza, habiendo resuelto aguardar su destino donde mejor pudiese vender cara la piel, buscó y halló un lugar apropiado entre dos olmos que crecían junto a una gran piedra que, al tacto, parecía tener el tamaño de un hombre y la anchura de tres. Estaba de suerte. Aquella roca le serviría para cubrirse la espalda mientras que los árboles le guardarían los flancos. De ese modo, quien quisiera arrebatarle la vida habría de llegarle de frente, y ella podría mirarlo a los ojos cuando llegase el momento.

   Los ladridos se oyeron más de cerca, y las graves voces de unos hombres festejaban que la pieza estuviese próxima.

   La mujer, tratando de asumir lo que se le venía encima, echó a un lado su negra capa y desenvainó una larga y ancha espada cuyo filo clavó en el suelo al tiempo que se arrodillaba. Aferró con las temblorosas manos el cuerpo de la misma y, con la frente apoyada en la cruceta, pidió apasionadamente por su alma en una corta oración.

   La luz de las antorchas fue abriéndose paso en la noche, hasta que, al fin, el lugar quedó lo suficientemente iluminado, aunque de un modo muy tenue, como para que la muchacha, ataviada con una reluciente cota de mallas que le protegía el torso, el largo de los brazos, y caía hasta sus rodillas, pudo discernir, no sin dificultad, dónde se encontraba.

   Los primeros perros, de los que logró atisbar sus oscuras siluetas, irrumpieron ruidosamente en lo que resultó ser un pequeño claro, en el lado opuesto al que ella ocupaba. Se acercaron amenazantes a su presa, mas ésta, lejos de dejarse llevar por el miedo, se puso en pie, empuñando entre las manos un acero más afilado y devastador que aquellos puntiagudos colmillos con los que pretendían desgarrarla.

   La mujer llegó a contar hasta cinco canes, que se movían inquietos de uno a otro lado, tratando de buscar un modo de flanquearla y embestirla desde varios sitios a la vez. Los árboles que tenía a los lados emergían de la tierra demasiado pegados a la enorme piedra que guardaba su espalda, por lo que no era posible recibir un ataque desde ese ángulo. Sólo la posibilidad de que aquellas fieras hallasen un modo de trepar por la gran roca y que, en consecuencia, pudiesen caerle encima, la angustiaba, pero después de verlos dar varias vueltas sin resultados dio por sentado que no tendrían más alternativa que atacarla de frente si querían derribarla, cosa que tratarían de hacer en cualquier momento, no le cabía duda.

   Los ladridos y gruñidos no cesaban, y los perros, excitados por tener a la vista a la que con tanto ahínco habían rastreado y la cada vez más cercana presencia de sus amos, cuyas voces advertían de su inminente llegada, se iban envalentonando a cada segundo que pasaba, atosigando cada vez más de cerca a la mujer, que, lejos de soltar estocadas sin ton ni son, se limitaba a mantenerse en guardia, haciendo gala de una disciplina envidiable. No albergaba ésta ningún deseo de causar daño a animal alguno, pero no se dejaría arrancar las entrañas por una jauría entrenada desde su destete para dar muerte a toda cosa viviente que cayese en sus fauces.

   De súbito, uno de los perros, probablemente el que consideraban jefe, se abalanzó sobre ella. Como los otros, se trataba de un animal astuto, fuerte y veloz, pero que, siendo noble por naturaleza, había marcado con excesiva claridad el sitio concreto contra el que iba dirigido su ataque. La muchacha, habiendo dedicado toda su vida a los rezos y el combate, teniendo una dilatada experiencia en ambas cosas a pesar de su juventud, vio una oportunidad donde cualquier otro se habría sentido perdido. Se apartó levemente y, con una velocidad inusual, descargó un terrible golpe sobre la cabeza del furioso animal, que cayó a sus pies con gran estrépito. Tras él, iniciaron su asalto otros dos miembros de la manada, que habían roto a correr tan sólo un instante después de que lo hubiese hecho el primero. Al llegar impetuosamente al estrechamiento donde les aguardaba su objetivo, ambos se entorpecieron mutuamente, teniendo además que salvar el reciente obstáculo que suponía el cuerpo agonizante de su compañero abatido. Pese a todo, la mujer no tuvo tiempo de prepararse, y uno de aquellos perros logró hacer presa en uno de sus antebrazos, protegido hasta la misma muñeca por la larga manga de su cota de mallas. El otro había resbalado, pero se rehizo con brío y mordió con fuerza la parte baja de la pierna derecha, encontrando la tibia.

   Viéndose atrapada, la joven sintió cómo el terror y el dolor la recorrían de un extremo a otro. El peso y la fuerza de sus asaltantes le hizo retroceder, y habría caído al suelo de no ser por la enorme roca que tenía a su espalda; sin ella, la pelea, aunque brutal, se hubiese desarrollado de un modo muy distinto. Resuelta a prevalecer, la mujer apretó los dientes y reunió todas las fuerzas que pudo, concentrándolas en el brazo que le quedaba libre, el que sostenía la espada. En un difícil movimiento que ejecutó con gran maestría, introdujo la punta del arma en el abdomen del perro que le mordía el antebrazo, rajando un trecho de la carne hacia abajo y torciendo la hoja antes de extraerla, con intención de hacer que la herida fuese mortal. El animal aulló de dolor, soltando su presa al instante y alejándose de allí, hasta que, un par de metros más allá, terminó por desplomarse con las entrañas al aire. Acto seguido, la indómita guerrera centró su atención en el que le dentellaba la pierna. Empuñó el arma con ambas manos, apuntando hacia la fiera, y la acompañó en un vertiginoso descenso que acabó con el can siendo traspasado por el frío acero, lo que le hizo morir en el acto.

   Los dos perros que restaban, que no habían parado de aullar y ladrar en todo ese tiempo, amagaron con atacar en varias ocasiones, mas dudaron en todas ellas. Aquella presa se había mostrado inalcanzable, y habrían huido de no ser por el fuerte vínculo que les unía a sus amos, basado en un sentimiento que poco tenía que ver con el amor.

   En ese momento hicieron acto de presencia dos hombres de aspecto inquietante. Uno de ellos portaba una antorcha, empuñando ambos hachas amenazantes y terribles. La escena con la que se encontraron no era precisamente la que esperaban ver, y un atisbo de incertidumbre asomó a sus incrédulos ojos.

   Pronto se les unieron otros, reaccionando de un modo similar.

   —¡Esa zorra está matando a nuestros perros! —exclamó alguien, con una mezcla de sorpresa e indignación.

   La mujer afianzó los pies en la tierra. Luego, trazó una raya en el suelo con la espada, en un claro gesto desafiante que daba a entender a sus adversarios que moriría matando.

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