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4. El Rescate (2/2).

—¡Detente, insensato! ¡No des un solo paso! No si es hacia atrás —gritó el viejo, aunando autoridad y advertencia en la misma voz.Segismundo, aunque había resuelto huir debido al repentino cambio de aptitud del desconocido, quedó paralizado.

—Entiendo que desconfíes de mí. Después de todo no sabes quién soy ni qué he venido ha hacer aquí. Pero te pediría que mirases a tu espalda. No te llevará mucho, y a mí no me dará tiempo de dar más de tres pasos antes de que te vuelvas a mirarme. Seguirías fuera del alcance de mis garras, si es eso lo que temes. Vamos, vuélvete y mira qué hay detrás tuya.

El chiquillo, confuso, optó por llevar a cabo la singular propuesta que le hacía el hombre, descubriendo con horror que, de haber retrocedido un centímetro más, se habría precipitado al interior del agujero del que había rescatado al anciano.

—Habría sido un buen golpe, y es probable que hubieses acabado con algún hueso roto, incluso la crisma en el peor de los casos.

Segismundo se imaginó a sí mismo cayendo al vacío y chocando estrepitosamente contra el suelo, donde, en su imaginación, permanecía dolorido, incapaz de levantarse.

—Por suerte estás de una pieza —dijo la voz del anciano, que, aprovechando la sorpresa del niño, había logrado acercarse hasta situarse a la vera de éste, con la vista fija en la zanja.

Segismundo, siguiendo un impulso natural, se apartó del filo de la trampa y también del viejo, que no pudo evitar reír al ver el sincero gesto del niño.

—No he vuelto sobre mis pasos con intención de dañarte, pequeño caballero, sino para hacerte alguna pregunta.

El chiquillo, sin apartar los ojos del hombre, se acercó al lugar donde yacía su espada de madera y la tomó del suelo. Poco podría hacer con ella en caso de enfrentamiento, pero empuñarla le hacía sentirse relativamente seguro.

—¿Qué preguntas son esas, señor? —preguntó desafiante.

El hombre volvió a reír, maravillado por las formas del crío.

—La primera cuestión, ya que podrían ser varias, es saber si me encuentro en las inmediaciones de un pueblo llamado Montesolo. Según he oído fue edificado a los pies de una montaña del mismo nombre. Mis estimaciones me hacen pensar que no ando lejos, pero no las tengo todas conmigo. Hace tiempo que no soy quien era y ya no me manejo igual.

—De ahí soy. Y le advierto a usted que estamos muy cerca. Si intenta algo gritaré tan fuerte que me oirán en toda la comarca. Los guardas no se muestran muy amables con quienes tratan de dañar a los niños.

El hombre torció el gesto.

—Se habla también de una vieja fortaleza en ruinas que se yergue en medio de la montaña, no en la cima, sino en un extraño saliente que la hizo casi inexpugnable en el pasado. ¿Sabes si sigue en pie?

—¡Por supuesto! Y no se le ocurra a usted adentrarse en su interior en busca de tesoros, o se las tendrá que ver con ellas.

—¿Ellas? ¿Quienes son ellas?

—Las hermanas de la orden que guardan la fortaleza de la que habla. No son muchas, pero nadie las iguala en destreza con la espada ni en valor.

El anciano pareció extrañamente aliviado.

—Así que hay vigilancia, después de todo —murmuró.

—La hay. Así que ándese con ojo con lo que hace.

—¿Y guardan tesoros, dices?

—Reliquias las llaman, o algo parecido, aunque nadie las ha visto nunca, que yo sepa. Pero no pienso decirle nada más sobre eso —sentenció Segismundo, que se sentía obligado a defender, a su modo, un patrimonio que, si bien no era suyo, sí que sentía lo suficientemente cercano como para tratar de evitar que nadie pudiera ponerle las manos encima.

—Nada debes temer de mí a ese respecto, chico. De hecho, me satisface saber que las reliquias o lo que sea que en las ruinas se guarden no fuesen dejadas a su suerte. Dices que nada más hablarás sobre ellas, pero te aseguro que lo poco que has contado me da alguna esperanza. Sin embargo soy yo quien nada debiera decir sobre su verdadera naturaleza, no de todas, sino de una en concreto, no al menos a cualquiera, sin que por ello debas sentirte ofendido, mi joven amigo.

Segismundo no supo qué decir ante tales palabras.

El anciano meció su barba mientras parecía perderse en pensamientos propios. Pronto comenzó a describir círculos sobre el mismo palmo de terreno.

—Pero incluso las buenas noticias no deberían hacerme perder la poca sensatez que me queda. Pues aquello que alberga malas intenciones suele ser hábil ocultándose entre lo que no despierta sospecha, y aguarda paciente el momento adecuado para oscurecer aun lo que más brilla.

De súbito, contempló al niño con mirada torva.

—¿Como te llamas, muchacho?

—Segismundo, señor —respondió el crío, con voz apagada.

—Dime, Segismundo, ¿sabes de alguien, extranjero o no, que haya llegado a los alrededores en los últimos días, incluso semanas?

El crío pensó por un instante.

—No, que yo sepa.

—Y si te pregunto acerca de algún siniestro acontecimiento que sea relativamente reciente, ¿qué me dirías?

—¿Cómo de siniestro?

El hombre abrió los ojos desmesuradamente.

—Tanto como pueda serlo.

—Sí. Sucedió algo desagradable la semana pasada.

—¿Cómo de desagradable? ¿Y dónde, exactamente? Habrás de indicarme para que pueda orientarme y visite el lugar de los hechos y pueda investigarlo. Pero, vamos, responde de una vez a mis preguntas.

—Fue en la granja de Fermín Brazoslargos.

—¿Qué sucedió en esa granja? —preguntó el hombre con verdadero interés.

—Sus gallinas. No todas amanecieron donde debieran, o como debieran, mejor dicho —respondió Segismundo, que empleó un tono lo más acorde posible al misterioso asunto.

—¡Deja de andarte por las ramas y ve al grano, niño!

Segismundo dio un respingo.

—Faltaban algunos pollos. Otros no estaban del todo; es decir, les faltaban algunas partes. Y los que sí estaban enteros, fuesen gallinas o gallos, se encontraban aterrorizados. Se cree que pudo haber sido obra de un par de zorros extrañamente violentos. Quizás estuviesen locos, como sostienen los más entendidos.

—¿Y eso es todo? —inquirió el viejo, un tanto turbado.

—Eso es todo. Todavía hoy se habla de ello, aunque no con la sorpresa del primer día. Es lo que dicen los mayores.

Hubo un desconcertante momento de silencio.

—No es el tipo de oscuro acontecimiento que esperaba oír, y aunque no deja de ser desagradable por la suerte que corrieron esas pobres aves de corral, sigue siendo una buena noticia si me ciño al asunto que hasta aquí me trae. Creo que no iré a ver a ese tal Fermín ni a ninguna de sus gallinas, a no ser que ocurra algo en su casa que merezca mi atención. ¿Podrías decirme cómo llegar hasta Montesolo?

—Eso es pan comido. Sígame —pese al entusiasmo inicial, Segismundo se detuvo en seco—. Pero antes debe darme su palabra de que no obrará ningún mal.

El viejo suspiró diríase que resignado.

—Tienes mi palabra.

El chiquillo, una vez escuchó aquellas palabras, convencido erróneamente de que nadie podía romper una promesa cuando esta era hecha, guió al hombre entre la vegetación hasta conducirlo junto al olivo que golpeara con su espada antes de oír su llamada de auxilio. Allí le señaló el sinuoso sendero que pasaba a los pies del árbol y le indicó la dirección en que debía seguirlo.

—En cuanto pase aquella loma de allí verá usted el pueblo, y sobre él, en mitad de la montaña cuya cima se ve desde aquí, la fortaleza en ruinas que tanto le ha llamado la atención.

El anciano observó pensativo el pico del Montesolo.

—¿Quién es usted? ¿Cómo se llama? Yo le di mi nombre, pero usted no me dio el suyo —la voz del niño había interrumpido al viejo en una infructuosa búsqueda de lejanos recuerdos.

—Llevas razón, no te di mi nombre. Pero no creas que voy a revelarlo por las buenas. Te bastará con saber que soy quien soy —respondió el desconocido, dejando al crío de un palmo de narices—. Y ahora escúchame, joven caballero. Puede que en adelante ocurran cosas más desagradables y tenebrosas que la muerte de un puñado de gallinas a causa del salvaje ataque de dos zorros extrañamente enloquecidos. Mi recomendación es que no andes solo por ahí ni que te fíes de nadie. Yo mismo podría haberte desmenuzado con mis propias manos de haberlo querido. Aunque luzca el sol, hay multitud de oscuridades recorriendo el mundo. Y reza cuanto sepas a los dioses para que esas oscuridades no sean superadas por una oscuridad aún mayor, pues las cosas se pondrían realmente feas, mucho más feas que ese asunto de las gallinas que tanto alteró a los habitantes de tu pueblo. Y ahora, con tu permiso, pequeño paladín, te dejaré seguir con tu juego, a no ser que prefieras acompañarme y no quedarte completamente solo.

En ese momento, algo, puede que un animal, hizo agitarse los frondosos matorrales que había frente a ellos.

—Iré con usted —se apresuró a decir Segismundo.

—Eso mismo es lo que habría dicho yo en tu lugar —aplaudió el anciano.

Ambos iniciaron el camino hacia el pueblo con paso tranquilo, el viejo apoyándose en su cayado, ignorando que eran fugazmente observados por un halcón que, desde lo alto, escudriñaba el suelo en busca de presas que abatir.

Imagen extraída de http://www.wallpaperup.com Desconozco al autor.

3. El rescate (1/2)

   Días antes del espeluznante acontecimiento recientemente narrado, la quietud del campo era quebrada por los repentinos y apresurados pasos de un chiquillo, de apenas diez años y de gruesa figura, que se entregaba al juego bajo el sol de la mañana. Esgrimía en la diestra una espada de madera de punta roma con la que, incansable, lanzaba numerosas estocadas al aire. Su rostro, sudoroso, se ocultaba casi en su totalidad tras un viejo cubo, también de madera, en el que habían sido practicados varios orificios y que hacía las veces de peculiar yelmo.

   Al llegar junto a un olivo, que crecía torcido al pie de la sinuosa vereda que seguía, detuvo su carrera y descargó sobre el tronco un fuerte golpe, provocando tal estruendo que le hizo estremecer. Los pocos pájaros de las proximidades que aún no habían emprendido el vuelo perturbados por su presencia lo hicieron entonces, llevando al chiquillo a seguirlos con la mirada, maravillado por la facultad de éstos de surcar los aires.

   Apenas un instante más tarde volvió a sumergirse en su papel de caballero, y no dudó en cargar contra un arbusto que, a su juicio, el de la indiscutible ley si se atiende a su inconmensurable imaginación, merecía todas sus sospechas. Cuando se disponía a rematar a su peculiar enemigo, al que ya había dado leña, nunca mejor dicho, un par de veces, una voz grave, que debía ser la de un hombre que parecía estar en apuros, se dejó sentir desde una densa arboleda que se alzaba a pocos pasos de él, a un lado del camino.

   El niño contempló indeciso el grupo de árboles. Finalmente, resolvió responder a aquella llamada de auxilio.

   —¡Ya voy, señor! ¡Ya voy! —gritó apresuradamente.

   —¡Aquí! —advirtió la voz, con ánimos renovados—. ¡Aquí!

   El crío, desviándose de la senda junto a la que jugaba, buscó y rebuscó entre la vegetación sin encontrar a nadie. Frustrado, estuvo a punto de preguntar por el paradero aproximado de a quien pretendía brindar su ayuda, pero el dueño de aquella voz se le adelantó.

   —Aquí abajo, porque supongo que eres tú, mi salvador, quien está ahí arriba.

   El chiquillo miró en la dirección indicada. Justo a un par de pasos, semi oculto por la maleza, descubrió, para su sorpresa, un agujero practicado en la tierra, de gran anchura y cierta profundidad, en cuyo fondo había un anciano delgado y barbudo ataviado con una larga y sucia toga provista de una capucha —en ese momento echada hacia atrás—, que no se preocupó en disimular la gran alegría que le causó el verle, por más que le extrañase contemplar a alguien con un cubo agujereado en la cabeza.

   —Supongo que ahora te estarás preguntando qué hace un viejo decrépito como yo en una trampa para —el hombre miró a su alrededor con cara de circunstancias antes de seguir—… supongo que osos. La respuesta es bien sencilla; no miré donde pisaba. ¿Me ayudarías a salir de aquí, muchacho?

   Segismundo, que así se llamaba el cío, asintió en silencio. Luego, tras dudar un momento, soltó la espada y se echó al suelo, estirando el brazo cuanto podía hacia el hombre.

   —Así como propones acabaremos ambos aquí abajo, amigo, pues mi peso te arrastraría. ¿Podrías mirar si hay algo por ahí que puedas acercarme?

   El niño se incorporó de un salto y miró en derredor, dando pronto con una rama caída que, a su entender, era lo suficientemente alargada y robusta.

   —Necesitaría varias como ésa para, tras apoyarlas debidamente, poder trepar. ¿Hay más?

   Segismundo ladeó la cabeza, dubitativo.

   —También podría ir en busca de alguien mayor que yo —dijo.

   —Preferiría que no lo hicieses —pidió el hombre—. No sería de mi agrado ser visto por muchos ojos de esta guisa. ¿Imaginas la cantidad de bromas de mal gusto que habría de soportar? No, en absoluto quisiera pasar por algo así. Acabaría enfadándome, no me cabe duda, y eso no sería nada bueno, al menos en días pasados, en que mi mal genio salía a relucir con cierta facilidad.

   —De acuerdo. Lo comprendo —dijo el chiquillo, que se puso a escudriñar los alrededores en busca de más ramas como aquella que llevaba entre las manos.

   —Ésa podrías dejarla aquí —propuso el hombre antes de perderle de vista.

Segismundo se sonrojó al ver que había olvidado dar el leño al anciano.

   —Gracias —dijo éste al recibirlo.

   Aunque le llevó algo de tiempo, el chiquillo fue encontrando y llevando al agujero varias maderas, sirviendo unas, no así otras. Finalmente, con mucho esfuerzo y cierto ingenio, no demasiado, el viejo logró salir de la trampa en la que había caído.

   —No creo que a los tramperos les haga gracia ver su agujero destapado y sin nada en su interior a lo que echarle el guante, pero no merecen menos; esta forma de cazar siempre me ha parecido vil —opinó el viejo, al que le seguía faltando el aire.

   El crío, no sabiendo qué decir, se encogió de hombros.

—Te estoy muy agradecido, chico —el hombre se incorporó y comenzó a ojear el suelo con sumo interés—. De no ser por ti aún seguiría ahí abajo.

   Segismundo tomó su espada del suelo.

   —Todo buen caballero debe ofrecerse a los necesitados —aclaró.

   El viejo se inclinó y agarró una vara seca, tras observarla y quitarle todo lo que consideró que sobraba, la empleó como bastón, midiendo su resistencia.

   —¡Así que un caballero! —exclamó, poniendo más interés en su nueva adquisición que en aquél con quien hablaba—. Eso explica los agujeros de ese cubo que llevas en la cabeza; es un yelmo.

   El chiquillo asintió mientras sonreía.

   —Pues este anciano despistado te agradece, joven caballero, los servicios prestados. Que los dioses guíen tu camino —volvió a decir el hombre, que dedicó a Segismundo una graciosa reverencia.

   —También el suyo, señor —respondió el crío educadamente, sintiéndose muy satisfecho consigo mismo.

   El anciano comenzó a alejarse con paso lento.

   Segismundo, curioso, lo acompañó con la mirada.

   De súbito, el hombre se detuvo y se volvió hacia el niño con gesto inquietante, haciendo que éste, abrumado, diese un paso atrás.

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