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1. La cacería (1/2).

   Al abrigo de la noche, bajo un despejado cielo repleto de centelleantes estrellas, varadas para siempre en la inmensidad del firmamento, una silueta se deslizaba furtiva entre las sombras buscando pasar desapercibida. Si bien se valía del resplandor de los astros para desplazase con relativa seguridad entre la fronda, procuraba evitar las áreas donde el follaje gozaba de menos presencia, obstaculizando en la medida de lo posible que sus implacables perseguidores dieran con su paradero.Los estridentes ladridos de unos perros hicieron que se desvanecieran todas sus esperanzas de fuga, que venían siendo muy escasas desde un principio, bien lo sabía. La excitación de los animales le hizo entender de inmediato que habían hallado un rastro: el suyo.

   Disponía de poco tiempo para pensar qué hacer, no más de unos minutos. Su instinto le pidió que echase a correr atropelladamente o que probara suerte subiéndose a uno de los muchos árboles que se erguían a su alrededor, mas ambas opciones no le servirían más que para alargar un desolador desenlace que ya no podía eludir.

   A tientas, la mujer, una joven de extraordinaria belleza, habiendo resuelto aguardar su destino donde mejor pudiese vender cara la piel, buscó y halló un lugar apropiado entre dos olmos que crecían junto a una gran piedra que, al tacto, parecía tener el tamaño de un hombre y la anchura de tres. Estaba de suerte. Aquella roca le serviría para cubrirse la espalda mientras que los árboles le guardarían los flancos. De ese modo, quien quisiera arrebatarle la vida habría de llegarle de frente, y ella podría mirarlo a los ojos cuando llegase el momento.

   Los ladridos se oyeron más de cerca, y las graves voces de unos hombres festejaban que la pieza estuviese próxima.

   La mujer, tratando de asumir lo que se le venía encima, echó a un lado su negra capa y desenvainó una larga y ancha espada cuyo filo clavó en el suelo al tiempo que se arrodillaba. Aferró con las temblorosas manos el cuerpo de la misma y, con la frente apoyada en la cruceta, pidió apasionadamente por su alma en una corta oración.

   La luz de las antorchas fue abriéndose paso en la noche, hasta que, al fin, el lugar quedó lo suficientemente iluminado, aunque de un modo muy tenue, como para que la muchacha, ataviada con una reluciente cota de mallas que le protegía el torso, el largo de los brazos, y caía hasta sus rodillas, pudo discernir, no sin dificultad, dónde se encontraba.

   Los primeros perros, de los que logró atisbar sus oscuras siluetas, irrumpieron ruidosamente en lo que resultó ser un pequeño claro, en el lado opuesto al que ella ocupaba. Se acercaron amenazantes a su presa, mas ésta, lejos de dejarse llevar por el miedo, se puso en pie, empuñando entre las manos un acero más afilado y devastador que aquellos puntiagudos colmillos con los que pretendían desgarrarla.

   La mujer llegó a contar hasta cinco canes, que se movían inquietos de uno a otro lado, tratando de buscar un modo de flanquearla y embestirla desde varios sitios a la vez. Los árboles que tenía a los lados emergían de la tierra demasiado pegados a la enorme piedra que guardaba su espalda, por lo que no era posible recibir un ataque desde ese ángulo. Sólo la posibilidad de que aquellas fieras hallasen un modo de trepar por la gran roca y que, en consecuencia, pudiesen caerle encima, la angustiaba, pero después de verlos dar varias vueltas sin resultados dio por sentado que no tendrían más alternativa que atacarla de frente si querían derribarla, cosa que tratarían de hacer en cualquier momento, no le cabía duda.

   Los ladridos y gruñidos no cesaban, y los perros, excitados por tener a la vista a la que con tanto ahínco habían rastreado y la cada vez más cercana presencia de sus amos, cuyas voces advertían de su inminente llegada, se iban envalentonando a cada segundo que pasaba, atosigando cada vez más de cerca a la mujer, que, lejos de soltar estocadas sin ton ni son, se limitaba a mantenerse en guardia, haciendo gala de una disciplina envidiable. No albergaba ésta ningún deseo de causar daño a animal alguno, pero no se dejaría arrancar las entrañas por una jauría entrenada desde su destete para dar muerte a toda cosa viviente que cayese en sus fauces.

   De súbito, uno de los perros, probablemente el que consideraban jefe, se abalanzó sobre ella. Como los otros, se trataba de un animal astuto, fuerte y veloz, pero que, siendo noble por naturaleza, había marcado con excesiva claridad el sitio concreto contra el que iba dirigido su ataque. La muchacha, habiendo dedicado toda su vida a los rezos y el combate, teniendo una dilatada experiencia en ambas cosas a pesar de su juventud, vio una oportunidad donde cualquier otro se habría sentido perdido. Se apartó levemente y, con una velocidad inusual, descargó un terrible golpe sobre la cabeza del furioso animal, que cayó a sus pies con gran estrépito. Tras él, iniciaron su asalto otros dos miembros de la manada, que habían roto a correr tan sólo un instante después de que lo hubiese hecho el primero. Al llegar impetuosamente al estrechamiento donde les aguardaba su objetivo, ambos se entorpecieron mutuamente, teniendo además que salvar el reciente obstáculo que suponía el cuerpo agonizante de su compañero abatido. Pese a todo, la mujer no tuvo tiempo de prepararse, y uno de aquellos perros logró hacer presa en uno de sus antebrazos, protegido hasta la misma muñeca por la larga manga de su cota de mallas. El otro había resbalado, pero se rehizo con brío y mordió con fuerza la parte baja de la pierna derecha, encontrando la tibia.

   Viéndose atrapada, la joven sintió cómo el terror y el dolor la recorrían de un extremo a otro. El peso y la fuerza de sus asaltantes le hizo retroceder, y habría caído al suelo de no ser por la enorme roca que tenía a su espalda; sin ella, la pelea, aunque brutal, se hubiese desarrollado de un modo muy distinto. Resuelta a prevalecer, la mujer apretó los dientes y reunió todas las fuerzas que pudo, concentrándolas en el brazo que le quedaba libre, el que sostenía la espada. En un difícil movimiento que ejecutó con gran maestría, introdujo la punta del arma en el abdomen del perro que le mordía el antebrazo, rajando un trecho de la carne hacia abajo y torciendo la hoja antes de extraerla, con intención de hacer que la herida fuese mortal. El animal aulló de dolor, soltando su presa al instante y alejándose de allí, hasta que, un par de metros más allá, terminó por desplomarse con las entrañas al aire. Acto seguido, la indómita guerrera centró su atención en el que le dentellaba la pierna. Empuñó el arma con ambas manos, apuntando hacia la fiera, y la acompañó en un vertiginoso descenso que acabó con el can siendo traspasado por el frío acero, lo que le hizo morir en el acto.

   Los dos perros que restaban, que no habían parado de aullar y ladrar en todo ese tiempo, amagaron con atacar en varias ocasiones, mas dudaron en todas ellas. Aquella presa se había mostrado inalcanzable, y habrían huido de no ser por el fuerte vínculo que les unía a sus amos, basado en un sentimiento que poco tenía que ver con el amor.

   En ese momento hicieron acto de presencia dos hombres de aspecto inquietante. Uno de ellos portaba una antorcha, empuñando ambos hachas amenazantes y terribles. La escena con la que se encontraron no era precisamente la que esperaban ver, y un atisbo de incertidumbre asomó a sus incrédulos ojos.

   Pronto se les unieron otros, reaccionando de un modo similar.

   —¡Esa zorra está matando a nuestros perros! —exclamó alguien, con una mezcla de sorpresa e indignación.

   La mujer afianzó los pies en la tierra. Luego, trazó una raya en el suelo con la espada, en un claro gesto desafiante que daba a entender a sus adversarios que moriría matando.

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